La otra noche vino el vecino a mi casa cuando yo preparaba la cena.
Vivimos por causalidad cuatro familias en una especie de común-unidad y nos ayudamos, nos acompañamos. Pues eso, que vino el vecino (que me lee, y que no es padre), a pedir betadine, o agua oxigenada o algo, porque se le iba la vida por un dedo de la mano. Se había hecho tremendo corte el día anterior con el salchichón y no tenía con qué curarse mi vecino.
– Pues tengo, tengo… déjame que piense, no tengo agua oxigenada, tengo… tengo… Tengo leche materna!
– Leche materna? No jodas. Estás de coña.
Creo que fue escolarizado, pero de las propiedades de la leche materna curiosamente no le habían hablado. Así que le conté. Y luego saqué dos ejemplos vivos.
– Cuántas veces os ha curado mamá con la tetita?
– Muchas.
Las niñas sabias.
Vale. Se lo estaba pensando. Yo seguía haciendo la tortilla. Con el botiquín encima.
– Vale. Venga. Entonces… Tienes un tarrito o algo?
Me tiré desmayada al sofá, muerta de risa.
– Tengo dos! – Dije tocándome las tetas. Y me vivía de risa entre dos niñas y un hombre.
– Acerca tu dedo.
Y saqué mi teta preciosa por encima de la camiseta. Él miraba fijo la herida. Disparé, sabía que saldría por todas partes pero no le avisé. Había puesto cerca la cara. En el primer chorro le di directamente en el ojo. No podía parar de reir . Y seguí lloviendo leche materna hasta que quedó blanca la herida. Limpiándose. Curándole.
Seguro que se quedó dormido con una sonrisa esa noche.
Me pregunto en qué momento perdimos ese vínculo con la teta. Cuándo nos olvidamos de que curan. De que las mujeres somos sagradas. Y desde ahí podemos ofrecer todo nuestro amor derramado y com-placiente al mundo. A los hombres. Ellos son nosotras también.
No escondo mis tetas. Son parte de mi tesoro, de mi regalo. Acepto la bendición de haber nacido mujer , amo mi cuerpo sagrado y sus ciclos y desde ahí, recuerdo con mis hermanos, los hombres , cómo era amarnos brujas, lobas, mamíferas.