El parto de Núria
Yo no tuve estrictamente un orgasmo en mi parto (o al menos como yo los había tenido hasta entonces). Noté que había acabado la dilatación porque, de pronto, sentía que me cagaba y que una gran bola de fuego me reventaba el culo y la vagina. No era estrictamente dolor, era algo salvaje, rabioso, como si toda la fuerza en erupción del cosmos explotara en mi coño. Recuerdo que, como poseída, a cada contracción gritaba, de rodillas y cogiéndome del cabezal de la cama. No veía a nadie. No escuchaba a nadie. Yo, mi cuerpo y mi hija estábamos en otra parte. Y solo sentía el fuego. De pronto, Clara salió y aquel fuego que me reventaba se frenó en seco. Antes de que le cortaran el cordón, mi hija trepó ella solita hasta mis tetas, se enganchó al pezón y ya no se separó. Durante las horas siguientes, me sentí como una diosa, fuerte, pletórica, a la que el mundo aplaudía (obviamente con justicia).Sentía que tenía fuerzas para empezar otra vez el parto y que, incluso, podía correr una maratón. Como no era el caso, me comí dos bocadillos de jamón.
Mientras me los comía, mi pareja me dijo lo que ya ha quedado como el leit motive del parto: que era imposible saber quién gritaba, si una mujer, una vaca o un dinosaurio.
En fin. Que nunca sentí que una polla me reventara de esa manera. Ni tampoco ese fuego ni esa euforia. Aquello fue una (bendita) salvajada.
Así da gusto parir, joder.…





