Mi sangre

Artículo publicado el 17 de enero de 2013 en Diario Kafka, eldiario.es

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Era una tarde fría de invierno en Frankfurt am Main. Nevaba. Yo iba caminando por la Bethmann Strasse, camino de la biblioteca. De repente un dolor agudo y punzante me atravesó el vientre y me caí al suelo de rodillas. Me había venido la regla, como cada mes. Pero este mes había algo nuevo. El dolor.

Como pude me subí al U-bahn de vuelta a casa. Yo vivía por aquel entonces en un campo de caravanas en las afueras de la ciudad. En Alemania hubo un momento en los años 80 en el que la ocupación de inmuebles se hizo imposible, así que la izquierda radical alemana empezó a ocupar terrenos y a vivir en ellos en camiones, caravanas y vagones de madera. Ante un desalojo es mucho más sencillo mudarse, llevas la casa a cuestas. Hoy en día hay un montón de Wagenplatz, así se llaman. Yo vivía en Borsigallee, uno de los más grandes de Europa. Sin agua corriente, luz eléctrica, ni cuarto de baño. Tenía 23 años.

Pero de lo que yo quería hablar aquí es de lo que sentí en mis entrañas aquella tarde. De como me arrastré llorando hasta el Wagenplatz y busqué al que era mi novio de aquel entonces, un pedazo de punk que daba miedo verlo, para decirle que estaba en apuros. De como me arrastré luego hasta mi vagón sola, porque Robert, el novio punk, no vino, que bastante tenía él con su propia psicosis. De como lloré en mi cama muerta de frío y desesperación preguntándome qué estaba sucediendo dentro de mí.

Me ha costado años entenderlo. Muchos. Y durante esos años de aprendizaje me he caído rota del dolor en innumerables ocasiones y en innumerables lugares. El numerito solía ir acompañado de sudores fríos y temblores. Gritaba y lloraba durante horas y a veces días. El ibuprofeno trajo un alivio temporal a mis desdichas, y digo temporal porque pronto me habitué al fármaco y este dejó de hacer efecto. Yo acudía de vez en cuando a la consulta de algún ginecólogo para buscar soluciones, pero me decían que todo era normal en su patriarcal concepción del mundo y me recetaban algún analgésico inútil.

Una vez, ya de vuelta en España y esta vez en la sala de espera de mi podólogo, me bajó la regla y empezaron los calambres en mi útero, como cada mes. La enfermera llamó al podólogo y este, viendo ante sí el lamentable espectáculo, entendió lo que los ginecólogos no habían conseguido entender, que la cosa iba en serio, que me moría de dolor y que había que hacer algo. Así que me recetó un medicamento cuyo nombre no recuerdo, pero cuyo efecto era como el de un chute de caballo. Yo no me he metido nunca un chute de caballo, pero sentía que esa gradual desconexión del mundo y esa forma de caer en un abismo acolchado, desde el cual ya no te sientes conectado ni a tu cuerpo, ni a la vida, ni al mundo, ni nada, era algo similar a lo que algunos de mis amigos contaban sobre la heroína.

Y así transcurrían los meses y los años. Me fui a vivir a Barcelona, mi mejor amiga y yo comenzamos un proyecto artístico sobre pornografía y feminismo con notable éxito y me fui a vivir con un comisario de arte.

Pero al mismo tiempo que las cosas se construían en el mundo exterior, en masculina linealidad, cada mes el mundo entero se destruía en el interior de mi útero. Y un buen día, hace ahora cinco años, no pude aguantar más esa doble vida y lo mandé todo al carajo. Mi relación de pareja terminó. El proyecto artístico cerró de malas maneras. La relación con mi socia y mejor amiga durante más de una década se fue al garete. Tuve que enfrentarme de cara al dolor, y buscar soluciones, porque todo lo que había intentado hasta el momento no había funcionando.

El feminismo punk y postpornográfico no me servía ya de nada mientras alimentara la desconexión con nuestros úteros. La medicina occidental se presentaba ante mí como un régimen de poder farmacopornográfico, con la píldora como única solución a mis problemas. Yo ya la había tomado entre los 16 y los 20 años, y no estaba dispuesta a seguir metiéndole a mi cuerpo ese cóctel hormonal.

Beatriz Preciado habla en su libro Testo Yonqui de como la ciencia contemporánea es capaz de transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad/esterilidad en píldora, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes, si la depresión o el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida.

Así que acudí a un prestigioso acupunturista que apenas hablaba castellano pero que tenía una fama notoria en Barcelona, el doctor Chin. Busqué un psicoterapeuta. Cambié de alimentación siguiendo las instrucciones de una especialista en nutrición y medicina china, Rut Muñoz. Y las cosas empezaron a cambiar. Eso sí, muy poco a poco. Me daba cuenta de que mi dieta en mis años de punk en Frankfurt dejaba mucho que desear. No había sido casual que mi enfermedad empezara por aquel entonces. Yo era vegana, pero una vegana no concienciada con mi salud, sino con la política. Una política contra el maltrato de animales y el escandaloso negocio de la carne.

Los circuitos del mundo del arte en los que me movía estaban llenos de cocaína y drogas varias. La Barcelona artístico cultural que conozco se coloca hasta el aburrimiento. Así que dejé de salir y dejé de frecuentar determinado tipo de ambientes. Todas esas sustancias me enfriaban, pero lo más importante, enfriaban mi útero. En medicina china se da mucha importancia al frío y al calor interno. Mi problema era que tenía un frío interno desmesurado, y los músculos no trabajan bien con el frío. Los músculos de mi útero se retorcían en un espasmo interminable en su pequeña y particular Siberia.

Mi infancia había estado marcada por el abandono y la negligencia de cuidados. Como me dijo mi acupunturista, en una de las pocas sesiones en las que se dignó a dirigirme la palabra: “tú, de pequeña, sentir mucho frío, ahora todo ese frío, salir fueeera”. Desterré las bebidas frías, el alcohol, las drogas, los lácteos, el azúcar y los productos refinados. Empecé a consumir arroz integral, trigo sarraceno, mijo, quinoa. Empecé a entender la relación directa entre los alimentos que consumía y el efecto de estos sobre mi cuerpo y mi psique.

En terapia lloré mi infancia y conecté con la realidad de una vida rodeada de familiares enfermos mentales, que decidieron dejar sobre mis hombros todas las responsabilidades de sus vidas con la excusa de la locura y la demencia senil. Entendí, con la ayuda de mi terapeuta, que mi dolor era legítimo y que por algún lado tenía que salir. Si no le dejaba salir en un plano consciente, saldría a través de mi útero. Porque las cosas no se pueden esconder, ni disfrazar. Aun me sorprendo cuando veo todo el dolor que algunas personas llevan dentro de si y enmascaran a través de trabajos agotadores, relaciones tumultuosas y consumo de estupefacientes. Y aguantan años y años, enmascarándolo todo en un eterno baile de disfraces. Otras, sin embargo, llega un momento en el que no pueden más y acaban con sus vidas. El suicidio es la primera causa de muerte violenta en el mundo, que no te confundan. Esta es la verdadera epidemia del siglo XXI.

Yo decidí vivir y aquí estoy. Los dolores fueron remitiendo a lo largo de los años. Al principio me bastaba con tomar una dosis de ibuprofeno y quedarme en la cama, un éxito clamoroso después de años en los que nada conseguía aliviarme. Más tarde ya no necesité tomar nada, era suficiente con quedarme en la cama tranquila.

Entendí mi naturaleza cíclica. Que si no me había cuidado a lo largo del mes, mi regla no iba a ser buena. No se trataba de cuidarme solo durante “esos” días, sino de ser respetuosa con mi cuerpo y mis emociones durante todo el mes. Es una cuestión hormonal, no es que estemos locas, señores. Somos cíclicas. Tenemos cuatro mujeres viviendo dentro de nosotras, como bien explica Erika Irusta Rodríguez en su proyecto El Camino Rubí. La semana después de la regla estamos llenas de energía dinámica, con gran capacidad de concentración y planificación. A mitad del ciclo ovulamos y nos sentimos sociables, expresivas y radiantes. En la fase premenstrual nuestra energía física baja y necesitamos limpiar y librarnos de todo lo que no nos beneficia. Es la fase más creativa si sabemos canalizar esa energía de destrucción. La menstruación es la fase final de reflexión y descanso.

Fue a través de Erika como conocí el trabajo de Miranda Gray. Miranda Gray en su libro La Luna Roja nos habla del ciclo de Luna Blanca y Luna Roja. La Luna Blanca se refiere a un ciclo en el que la ovulación ocurre en luna llena y el ciclo de Luna Roja es cuando la ovulación ocurre en luna nueva y menstruamos durante luna llena. El ciclo de la Luna Roja se centra en el desarrollo interior y la manifestación del mismo, y no hacia la expresión de las energías en el mundo material. Como los hombres lo consideraron el más poderoso y menos controlable, este ciclo se convirtió en el de la “mujer malvada”, la seductora, la hechicera o la horrible bruja, cuya sexualidad no estaba destinada a dar vida a la siguiente generación, sino al placer.

Yo ahora estoy en Luna Blanca, es decir, ovulo con la luna llena. Dicen que es el mejor ciclo para ser madre. A mí me gustaría quedarme embarazada, así que mis reglas son ahora dolorosas en otro sentido, porque me avisan de que este mes tampoco ha podido ser. Queen Afua, una autora que he tenido el gusto de conocer en Londres, donde estoy viviendo ahora, tiene un libro que se titula Overcoming An Angry Vagina: Journey to Womb Wellness, que vendría a ser algo así como: Superar una vagina enfadada, un viaje al bienestar de nuestros úteros. He sufrido dos abortos espontáneos en los últimos años. He conseguido curar muchas cosas, pero las heridas son graves y profundas y me pregunto si es posible recuperarse por completo.

Londres, 12 de Enero de 2013.

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My blood

Text published on January 17th 2013 in Diario Kafka, eldiario.es
Translated by Natividad Mateos Lucero and Helio Guzmán León.

It was a cold winter evening in Frankfurt am Main. It was snowing. I was walking through Bethmann Strasse, on my way to the library. Suddenly, a sharp stabbing pain pierced my womb. I fell on the ground to my knees. I started my period, as every month. But this month there was something new: pain.
I took the U-bahn back home as I could. I was living at the time in a caravan camp in the city suburbs. In Germany there was a point in which property occupancy became impossible in the eighties, so the German radical left began to occupy land where to live in trucks, caravans and wooden wagons. In an eviction it is much easier to move carrying your home on your back. Today there are lots of so called Wagenplatz. I lived in Borsigllee, one of the biggest in Europe without running water, electricity or bathroom. I was 23 years old.
But what I wanted to talk about here is what I felt in my womb that evening. About how I dragged myself to Wagenplatz crying and looked for my boyfriend at the time, a huge scary punk, to tell him I was in trouble. How I crawled alone towards my wagon, because my punk boyfriend, Robert, did not come; he pretty much had it with his own psychosis. About how I cried in my bed freeze to death and desperate asking myself what was happening inside me.
It took me years to understand. Many. During those learning years I fell broken in pain countless times in many places. The scene use to be accompanied by cold sweats and tremors. I screamed and cried for hours and sometimes days. Ibuprofen brought temporal relief to my misfortune, and I say temporal because I soon got used to the drug and it stopped being effective. I occasionally went to consult a gynecologist looking for solutions, but they told me in their patriarchal worldview everything was normal and prescribed me useless painkillers.
Once, back in Spain, and this time in the waiting room of my podiatrist, I had my period and I started feeling womb cramps, as every month. The nurse called the podiatrist who watched this sad scene and understood what gynecologists could not understand, this was a serious matter, pain torn me apart and it was necessary to do something. So he prescribed me a drug whose name I cannot remember but whose overall effect was like a horse shot. I have never got a horse shot, but I was feeling that gradual disconnection from the world and that way of falling in a padded abyss, from which you stop feeling connected to your body, your life, your world, to nothing. It was something similar to what some of my friends were telling me about heroin.
Thus months and years went by. I moved to Barcelona. My best friend and I started an art project on pornography and feminism with remarkable success. I went to live with an art curator.
But, while things were being built in the outside world in masculine linearity, the whole world was destroyed inside my uterus every month. And one day, five years ago from today, I could not take this double life anymore and I sent it all to hell. My relationship ended. The art project concluded in a bad way. My friendship with my art partner and best friend for more than a decade went to hell. I had to face the pain and seek solutions because everything I had tried so far had not worked.
Punk and post-porn feminism was not working to me anymore as long as it kept feeding the disconnection with our uterus. Western medicine was presented to me as a pornographic-drug power regime, with the pill as the only solution to my problems. I had already taken it being between 16 and 20 years old, and I was not willing to keep filling my body with that hormonal cocktail.
Beatriz Preciado speaks in her book Testo Yonki of how contemporary science is able to transform our depression into Prozac, our masculinity into testosterone, our erection into Viagra, our fertility/sterility into a pill, our AIDS into triple-therapy. No mention as to which comes first, if depression or Prozac, Viagra or erection, testosterone or masculinity, the pill or maternity, triple-therapy or AIDS.
So I went to a prestigious acupuncturist that barely spoke Spanish but had a notorious reputation in Barcelona, Dr. Chin. I looked for a psychotherapist. I changed my diet following instructions by a Chinese medicine and nutrition specialist, Rut Muñoz. And matters began to change, albeit, very slowly. I was realizing that my diet during my punk years in Frankfurt left much to be desired. It was not casual my illness started by then. I was a vegan, however not aware of my health, but of politics. Politics against animal cruelty and the shocking meat business.
The social circles of the world art scene in which I moved around were full of cocaine and multiple drugs. The artistic and cultural Barcelona I know gets high till boredom. So I stopped going out and frequenting certain kinds of environments. All those substances were cooling me, most importantly, they were cooling my uterus. Inner cold and heat are very important in Chinese medicine. My problem was that I had an excessive inner cold, and muscles do not work well with cold. My womb muscles squirmed in an endless spasm in its small personal Siberia.
My childhood has been marked by abandonment and care negligence. As my acupuncturist told me in one of the few meetings he deigned to speak to me: “you, when child, feeling very cold, now all that cold, going ouuut”. I banished cold drinks, alcohol, drugs, dairy, sugar and refined products. I started to eat brown rice, buckwheat, millet and quinoa. I began to understand the close relation between the food that I was eating and its effect in my body and my psyche.
In therapy I cried my childhood and connected with the reality of a life surrounded by mentally-ill relatives, which decided to leave all their life responsibilities on my shoulders with the excuse of insanity and senile dementia. I understood with my therapist’s help that my pain was legitimate and it needed to leave somehow. If I could not let it go in a conscious level, it would come out through my uterus. Given that, matters cannot be hidden or disguised. I am still amazed when I see all the pain some people carry within themselves and cover up with exhausting jobs, tumultuous relationships or narcotic substances use. And they hold on year after year, masking everything in an eternal disguise dance. Others, however, get to a point where they cannot bear it anymore and end with their lives. Suicide is the leading cause of violent death in the world, do not be mistaken. This is the real epidemic of the 21st century.
I decided to live and here I am. Pain eased over the years. At the beginning it was enough to take a dose of ibuprofen and stay in bed, a resounding success after years in which nothing could provide me relieve. Later on I had no need to take anything; it was enough with staying at ease in bed.
I understood my cyclic nature. If I had not cared for myself during the month, my period would not be nice. It was not to care for myself just during “those” days, but about being respectful towards my body and emotions all the month through. It is a hormonal matter, it is not that we are crazy, gentlemen. We are cyclic. We have four women living within ourselves just as Erika Irusta Rodríguez well explains in her project El Camino Rubí (The Ruby Path). A week after our period we are full of dynamic energy, with great deal of concentration and planning skills. In the middle of the cycle we ovulate feeling sociable, expressive and radiant. In our premenstrual phase our body energy is low and we need to clean and to get rid of all that it does not benefit us. It is the most creative phase if we know how to channel all that destruction energy. Menstruation is the final phase, to reflect and rest.
It was thanks to Erika how I got to know Miranda Gray’s work. In her book The Red Moon, Miranda Gray speaks to us about the White Moon and Red Moon cycle. The White Moon refers to our cycle when ovulation occurs on full moon; the Red Moon cycle is when ovulation occurs on New Moon and we menstruate during full moon. The Red Moon cycle focuses on inner development and its manifestation, not towards the expression of energy in the material world. Since men considered it the most powerful and less uncontrollable, this cycle became the one of the “wicked woman”, the seductive, sorceress or horrible witch, whose sexuality was not intended to give birth to the next generation, but for pleasure.
I am now in White Moon, I mean, I ovulate with the full moon. They say this is the best cycle to be a mother. I would like to get pregnant, so my periods are now painful in a different way, because they let me know this month was impossible once again. Queen Afua, an author I had the pleasure to meet in London, where I am living now, has a book entitled Overcoming an angry vagina: journey to womb wellness. I have had two miscarriages in the past years. I have managed to heal many things, nevertheless wounds are serious and deep and I ask myself if it is possible to recover completely.