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Lo mejor del verano

Ha sido mi padre. No mi padre biológico, no, que en paz descanse y al cual sólo vi una vez en mi vida cuando me daba la hostia consagrada. Él era el señor cura del pueblo y yo tenía 16 años. No. Me refiero a mi padre político, mi padre adoptivo, el que me dió el apellido que ilustra este blog y que tantos problemas me está dando ahora para conseguir mi certificado de nacimiento.

Yo pensaba que no quería a mi padre. Ni siquiera me refería a él como mi padre desde que supe que no era mi padre, con 7 u 8 años. Mi madre me lo dijo de la peor manera posible, entró en el baño cuando yo estaba sentada en la taza y me lo dijo. A día de hoy no soporto que nadie me hable cuando estoy en el baño. Mi madre me torturó con historias truculentas de sexo y miserias que yo a penas comprendía. Un par de años después me fui de casa. A los 10 más o menos. Una madre esquizofrénica con ataques violentos reiterados y un padre que en realidad no era mi padre y que además tenía y tiene un retraso mental grave, no era un hogar, era una pesadilla. Durante todos estos años yo he creído que no le quería. Sentí pena por él cuando murió mi madre, porque en sus últimos años ella estaba mejor, la medicación le sentaba mucho mejor y estaban muy unidos en sus rutinas de ir a tomar cafés a los bares y paseos por la playa. Siempre recordaré las visitas que hicimos a los pocos días de su muerte mi hermano, mi padre y yo a los bares que frecuentaban. Nos veían entrar sólos, sin ella, con esas caras de funeral y antes de que abriéramos la boca ya sabían que algo había pasado. Nos daban el pésame y nos invitaban a donuts.

Mi padre ha entrado este verano en una residencia para ancianos. Está muy enfermo y necesita atención las 24 horas del día. Yo estaba contenta de que hubiéramos conseguido plaza, por fin, en una residencia de Vila-Real. Pero cuando por fin entró, sentí algo removerse en mis entrañas. Tuve miedo de que se sintiera abandonado, de que no estuviera bien. Y me encontré a mí misma recorriéndome un montón de kilómetros con mi bici para ir a buscarle y decirle que si no estaba a gusto en ese sitio que me lo dijera, que yo me lo llevaba a donde él quisiera. Que le quería. No se lo había dicho nunca. Él me contestó que no, que estaba bien, que todo el mundo le trataba muy bien y que la comida era muy buena. Y me tocó la barbilla con su mano. Fue el primer gesto de cariño de mi padre hacia mí que recuerdo.

Desde entonces voy a verle todas las semanas, y me siento orgullosa cuando le dice a las enfermeras que yo soy su hija, porque es la primera vez que me siento orgullosa de serlo. Orgullosa de ser hija de este hombre, que trabajó recogiendo naranjas y regando huertos toda su vida, al que una meningitis se le llevó el entendimiento por delante de niño, pero que tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Y nos lo pasamos muy bien, bebemos horchata y comemos fartons juntos. Y algún domingo nos vamos a comer paella al grao de Burriana, que es su pueblo natal. Y siento su cariño y eso me da una felicidad desconocida hasta ahora, porque no voy a verle porque piense que «deba» hacerlo, sino porque quiero, porque le quiero. Doy gracias a la vida por haberme dado la oportunidad de sentir lo que siento a tiempo, y no después de la muerte, cuando ya es demasiado tarde, como me pasó con mi madre.

Mi padre ha sido lo mejor del verano.


María Llopis

El trabajo de María Llopis se mueve en diferentes medios y soportes, como la fotografía, el vídeo y el live art performance. Desarrolla una visión alternativa propia de la identidad sexual y de género siempre partiendo de un fuerte posicionamiento político feminista. Llopis está en la actualidad escribiendo un libro titulado Maternidades Subversivas y que tratará los temas de parto orgásmico, pornografía feminista y maternidad, maternidad transexual y trangénero, y partenogénesis, entre otros.

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